La bicicleta como transformador social y ambiental

Por: Carolina Butrich / Gerente de Conservamos por Naturaleza
Hace más de veinte años que uso la bicicleta como mi principal medio de transporte en Lima. Y Lima, seamos honestos, no es una ciudad fácil. El tráfico es caótico, la desigualdad social se siente en cada esquina, y la inseguridad vial es real: según el Observatorio Nacional de Seguridad Vial del Ministerio de Transportes y Comunicaciones, entre 2015 y 2022 murieron 316 ciclistas en accidentes de tránsito en el Perú; y solo en los cinco años previos al 2023, la cifra llegó a 230 (ONSV, 2022; Infobae, 2023). Pero, para mí, poder usar la bicicleta como mi principal medio de transporte es, junto con la posibilidad de estar cerca del mar y surfear regularmente antes de ir a trabajar, lo que me da la libertad de vivir en una ciudad tan caótica como Lima.
Y estas dos cosas, las olas que surfeo antes de ir a trabajar y la bicicleta como medio de transporte, parecen desconectadas. Pero desde donde trabajo, tienen mucho en común.
La gente protege lo que ama
En Conservamos por Naturaleza, una iniciativa de la SPDA que busca fortalecer y escalar esfuerzos de conservación liderados por la ciudadanía, llevamos más de una década aprendiendo algo que parece simple pero que tarda en asentarse: la gente protege lo que ama. Y la psicología social lo respalda: existe evidencia de que los deportes basados en el contacto con la naturaleza aumentan la conciencia ambiental de quienes los practican, llevando a que muchas de estas personas estén más inclinadas a proteger el medio ambiente y apoyar iniciativas de conservación (Brymer, Downey y Gray, 2009). Esa conexión ocurre, en parte, porque los efectos ambientales negativos como la contaminación, la destrucción del hábitat y la pérdida de espacios son directamente perjudiciales para la experiencia de practicar el deporte que tanto les apasiona.
En los últimos 10 años, hemos visto los resultados de la pasión que tienen los tablistas para proteger el mar. Cuando lanzamos la campaña Hazla por tu Ola el reto era enorme: proteger legalmente las primeras olas, sin recursos, pero con la convicción de que las personas pueden involucrarse y tomar acción para proteger lo que aman. Hoy, tenemos 48 rompientes protegidas en el Registro Nacional de Rompientes, con una meta de llegar a 100 al 2030. El modelo peruano se ha convertido en un referente global y está siendo replicado en países de la región como Chile y Ecuador. Todo esto ha sido y sigue siendo el resultado de una comunidad apasionada y organizada: desde la aprobación de la ley, hasta su implementación y expansión regional.
Y el mismo patrón lo vemos en otros deportes. Kayakistas encabezaron durante años la defensa del río Marañón frente a proyectos que amenazaban uno de los ríos más extraordinarios del continente. Y ahora son los colectivos ciclistas, quienes llevan años construyendo comunidad, que empujan por el derecho a moverse seguros. Grupos como La Red por la Convivencia Vial en Lima, Tacna en Bici o Bici de Miércoles en Trujillo no son solo agrupaciones de entusiastas de la bicicleta: son organizaciones ciudadanas que documentan, proponen soluciones, se movilizan, y tienen, o están construyendo, la capacidad de incidir en las decisiones que transforman las ciudades.
Conservar una ola no es lo mismo que transformar una ciudad
Hay una diferencia importante, sin embargo, entre conservar una ola y transformar una ciudad. El caso de las rompientes es, en el fondo, una historia de protección de ecosistemas: hay un lugar concreto, con una geografía única, que puede defenderse legalmente frente a amenazas externas. El reto del ciclismo urbano es distinto y, a su manera, más complejo. No se trata de conservar un espacio natural que ya existe, sino de crear las condiciones para que las personas puedan relacionarse de manera positiva con su entorno: que la calle sea transitable, que el barrio sea seguro, que la ciudad deje de estar diseñada exclusivamente para los autos. Y eso requiere algo diferente: datos, políticas, diseño urbano y, sobre todo, ciudadanía activa que empuje desde adentro.
Pedalear como acto transformador
Esa es la apuesta detrás de Pedalea Seguro, la campaña que lanzamos desde Conservamos por Naturaleza junto a La Red por la Convivencia Vial. No solo promover el ciclismo urbano como un medio de transporte sostenible, aunque lo es. Ni únicamente como una herramienta para mejorar la salud pública o reducir emisiones, aunque la evidencia es contundente en ese frente: pedalear regularmente se asocia con menor riesgo cardiovascular, menor incidencia de cáncer y reducción de la mortalidad general (Celis-Morales et al., 2017). La apuesta es también fortalecer a los colectivos ciclistas como actores de cambio, capaces de transformar sus ciudades.
Para eso estamos trabajando en cuatro frentes simultáneos: generar información de calidad sobre la infraestructura ciclista para que los tomadores de decisiones tengan datos reales sobre los que actuar; implementar intervenciones urbanas concretas de urbanismo táctico junto a ciclistas y comunidades; analizar las políticas de movilidad y proponer mejoras; y, sobre todo, fortalecer el liderazgo de los colectivos con soporte legal y técnico. Para que no dependan de nosotros. Para que sigan pedaleando solos.
Pero transformar la movilidad urbana no es tarea de un solo actor. Requiere que los gobiernos locales diseñen mejor sus calles, que la academia genere la evidencia que respalde las decisiones, que las empresas entiendan que ciudades más ciclables son ciudades más productivas, y que la sociedad civil mantenga la presión y la visión de largo plazo. Esa articulación es parte central de lo que buscamos construir con Pedalea Seguro, y los primeros pasos muestran que hay apertura real para hacerlo.
Tengo la suerte de trabajar impulsando la conservación de olas. Y ahora, con Pedalea Seguro, también tengo la suerte en poder contribuir a promover el ciclismo urbano como una herramienta para construir ciudades más saludables, seguras e inclusivas en el Perú, fortaleciendo colectivos ciudadanos, generando información para una mejor toma de decisiones y promoviendo políticas que pongan a las personas en el centro de la movilidad urbana.
Porque al final, no son solo las leyes las que conservan los ecosistemas ni las que transforman las ciudades. Son las personas que los aman lo suficiente como para no dejar de pedalear.
